No compres para cumplir objetivos

En la vorágine consumista en la que nos encontramos, es muy habitual que se nos presenten productos o servicios como una solución a una carencia personal.

Nos autoexigimos: no conseguimos leer un libro por semana, o entrenar 4 veces por semana, o estudiar tanto como deberíamos, tomar notas, escribir un diario, llevar una dieta equilibrada…

Para todas estas cosas el mercado nos promete soluciones rápidas y efectivas. Cuando uno es de mente dispersa, se siente la urgencia ante una solución atractiva. ¡Claro! Con una tablet de tinta electrónica y un lápiz que imita a la perfección la textura del papel, por fin prestaré atención y revisaré mis notas con frecuencia. O quizá con un reloj inteligente por fin tendré suficiente información sobre mis entrenos y eso me animará a entrenar todas las semanas.

Podría seguir así un buen rato. Al final el producto no es un objeto, sino nosotros mismos. Una versión de nosotros que ha conseguido sobreponerse a unos defectos que, por cualquier motivo, nos atormentan. Los ebooks, relojes inteligentes, y sets de pesas son estupendos, pero no convierten a alguien que no lee en alguien que sí, ni a alguien sedentario en un deportista.

Conviven dos realidades acerca de cómo encaramos nuestros defectos: la primera, que no podemos definir quiénes queremos ser a través de la culpa y la autoexigencia. Debemos conectar con nuestros propios valores para determinar qué cosas importan de verdad como para luchar con ellas. La segunda, que si de verdad hemos decidido cuál es el objetivo, no podemos alcanzarlo simplemente a golpe de cartera.

Por eso creo que es mejor empezar simplificando. Da igual qué gadget te compres, si partes de una vida sedentaria no vas a convertirte en un atleta en semanas, ni en meses, ni siquiera en años. He descubierto que es preferible concentrarse en disfrutar de dicha actividad, y eliminar por completo el autojuicio. Si tienes que arrastrarte a regañadientes para empezar, ¿acaso de verdad quieres hacerlo? Si no puedes conseguir que “te guste” aunque sea un poco, la verdad, quizá sea mejor dejarlo para otro momento, u otra vida.

Incluso objetivos en teoría “necesarios” como estar en forma, pueden simplificarse limitando los excesos en la dieta y dando paseos. Si no puedes disfrutar del deporte, es imposible ser constante, el abandono es solo cuestión de semanas.

Y con la pesada carga de la culpabilidad: normal que busquemos atajos. Solo nos queda la billetera en un desesperado intento de que la “sunken cost fallacy” nos obligue a seguir adelante. No es una forma saludable de invertir nuestra energía.

Una vez has encontrado la manera de disfrutar de algo (lo cual requiere eliminar la culpa y el sentimiento de obligación), flaquear se convierte en irrelevante. ¿Has dejado de leer durante tres días por cualquier motivo? No importa, sabes que leer es una actividad que disfrutas y puedes permitirte volver a agarrar un libro el viernes sin sentir culpa. ¿Acaso cuando dejas de jugar videojuegos un día te preocupa perder el hábito?

Y cuando ya has conseguido crear un hábito y no imaginas tu vida sin él, ese es el momento de invertir: para *mejorar* sobre lo que ya has construido, no con la ansiedad de que sin ello te sea imposible hacerlo.

No escribo esto para culpabilizarte si lo que quieres es comprarte ese cachivache brillante que tienes en mente, pero sí creo que es importante pararse a pensar si de verdad esa es la persona que queremos ser, o si se trata de un conjunto de presiones externas sobre lo que “se supone” que tenemos que querer ser. Y, de ser así, si estamos de verdad comprometidos: ¿lo conseguiríamos aunque no tuviéramos el “cachivache”?

Para los que sean como yo y sientan esa “urgencia” semanal, hay dos trucos que me resultan de ayuda. El primero es imaginar cómo serán las cosas cuando se haya pasado el entusiasmo inicial de comprar algo nuevo. ¿Qué pasará cuando ya no sea especial, incluso aburrido, cuando nos demos cuenta de que no ha resuelto nuestros problemas sino que, en el mejor de los casos, será una herramienta útil para cuando ya estén solucionados?

El segundo es simplemente dejar pasar algo de tiempo. Una vez se diluye la urgencia obsesiva, ¿sigue estando ahí el deseo de hacer esa compra? Un par de semanas suelen dar mucha perspectiva cuando quieres hacer un gasto importante, es mejor no hacerlo en medio de un subidón. También es un buen momento para “ir probando” y acercarse a esos objetivos. Podemos ir probando versiones clásicas: tomar notas en papel y ver qué tal se siente, buscar libros que tengamos sin leer, salir a correr un rato.

Dejar pasar el tiempo también ayuda para los que saltamos de una obsesión a la siguiente. Dejando pasar algunas semanas puedo seleccionar y priorizar los gastos que quiero llevar a cabo. Además, retrasar la gratificación es en sí mismo un ejercicio muy sano para los que somos así.

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